Aprendiendo a escribir con la izquierda:
Ahora ya estoy grande… bueno, por
lo menos así es como dicen los que me conocen. Mi nombre es Aurelio, y la historia
que me pidieron contar no es reciente, ya tiene tiempo. Cada noche a la hora de
dormir en un lapso muy pequeño de tiempo estos años de mi vida salen de su habitáculo
para pasearse por la sala principal de mi mente, me recuerdan lo que fui, me
muestran esa gran cicatriz que adorna mi existencia, y al final, todo termina
cuando amanece de nuevo y recuerdo que lo pasado, ya pasó.
De pequeño me cuenta mi mama que
todo lo hacía con la mano derecha, ya se
viene con la predisposición a desarrollar más y mejor una parte del cerebro,
incluso agarraba los tizones y manchaba cuanta superficie se topaba en mi camino,
la comida, la piocha, el pisto, los cuentasos, las semillas, todo… todo… me fue
siempre más sencillo manejarlo como el resto de los que me rodeaban, con la mano
derecha. Hasta que un buen día empecé a escuchar a la gente hablando
desesperada de asuntos de adultos, veía la indignación en sus gestos, hablaban
de manifestarse en contra del opresor, no entendía bien pero sentía el ambiente
tenso, unos días después todo se tornó de luto por la muerte de nuestros líderes
en la ciudad, fue hasta este punto en el que empezaron todos a organizarse y
venia ayuda de muchas partes, gente con ideas diferentes, estábamos
acostumbrados a obedecer para comer, a trabajar duro para tener derecho a
vivir, esto se acabó decían, queremos nuestra tierra, queremos libertad,
queremos vivir como nuestros antepasados adorando a nuestros dioses viviendo
como lo que solíamos ser. Al final no se comprendió muestro mensaje, crecí viendo tres fusiles en la puerta de la
casa, a mi mama asustada y a mi papa organizando a un escuadrón guerrillero.
Fue entonces cuando aprendí el abecedario, porque una muchacha venida de la ciudad
llegaba a darnos clases, ella me enseño a escribir, me decía que si aprendía
podía poner en unas libretitas rojas q me regalo, todo lo que me pasaba, todo
lo que pensaba, cuantas cosas yo viviera. Ella escribía con la izquierda, así
que así aprendí yo también.
Hasta después me fui a enterar
que Yesenia, mi maestra, era procedente de una familia bien acomodada de la
ciudad, sus papas tenían muchos negocios, eran terratenientes del imperio
azucarero. Para las vacaciones, a Yesenia y su familia les gustaba remojar sus
ostentosas vidas en las olas del puerto de San José, fue allí en donde tuvo su
primer contacto con una realidad que para ella era imposible tan siquiera
imaginar, aprendía poco a poco el significado de la palabra pobreza, hambre,
desnutrición… y se conmovió. Como buena curiosa sentía la necesidad de experimentar
que sucedía fuera del chalet de su papa, fuera del oasis que la protegía. Conoció a Isabel, una muchacha que aseaba el
mármol de sus pisos, fregaba la plata de sus cubiertos, pulía el cristal de sus
vitrales. Un día de tantos Isabel regresó a su casa una autentica mancha de
leche entre tanta canela, a Yesenia le molestaba el sol por más de tres minutos
y su cabello matizaba en un castaño cobrizo al recibir la claridad, a Isabel le
molestaba el frio, y su piel era de un encantador trigueño mestizaje, resistía perfectamente y con
gracia femenina cualquier inclemencia. Su familia la recibió como una invitada
de honor, no muy seguido llegaba a visitar alguien con semejante semblante.
Comieron rieron y compartieron historias del campo y la ciudad, Yesenia suspiro,
y para sus adentros se preguntaba, ¿Por qué su madre hacía de menos a Isabel? Siendo
una chica tan sencilla y bonita ¿Por qué todos en la ciudad desechaban cualquier
cosa q tuviera que ver con personas como Isabel y su familia? Pasó con Isabel dos
noches y dos días, en casa no sabía la histeria que su travesura estaba generando.
Su padre había dado parte ya a la policía y el ejército, en cuanto la encontraran
darían muerte al secuestrador. El lunes por la mañana Yesenia, Isabel y su
madre se dispusieron a regresar a la mansión del patrón, habían pasado un fin
de semana asombroso y regresaban con eterna gratitud el
pacer de su visita. Ese fue el último día que las nuevas amigas se vieron, la
autoridad asesino a Isabel y a su madre, las presuntas secuestradoras… las
acusaron también de conspiración y de querer apropiarse de las tierras del
patrón. Según el ejército eran de la guerrilla. En ese momento Yesenia despertó
de un profundo sueño, se dio cuenta de lo que sucedía a su alrededor. Con 20 años juro por el nombre de sus amigas jamás volver
a escribir con la mano derecha.
Ella pertenecía al batallón que
mi papa organizaba, era la maestra de los pequeños y las señoras. Escapo para
siempre de su casa porque sentía la necesidad de estar del lado del pueblo. De
haber ganado la guerrilla estoy seguro que hubiese llegado a un cargo
importante en el gobierno, tal vez ministra de educación, tal vez presidente.
"En un esfuerzo provocado por la indignación, el enojo, e incluso el
rencor inevitable, que siglos de injusticias y vejámenes en contra de un pueblo
de etnias mayoritarios y con un alto sentido de la humanidad. Me he arrancado de
encima la vestimenta pulcra, e rechazado la etiqueta, me niego al conformismo
egoísta, e optado por abandonar un camino que me llevaría al éxito para optar
por un camino que me llevara a la coherencia existencial, talvez desaparezca,
muera de hambre o por los golpes y torturas como muchos compañeros, “no me
importa”, reconocerán mis restos únicamente por una cicatriz en mi puño izquierdo,
en mi puño izquierdo, no en mi mano izquierda."
Fragmento extraído de “Las
Memorias Rojas de Yesenia de Ilom” Guatemala Mayo de 1983.
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